2005/06/04

Sábado 10 de Julio de 2004: Presentación del libro Animal Teórico de Juan Carlos Moises

16:45 – Presentación del libro “Animal Teórico” (Poesía) de Juan Carlos Moisés.
(Esc. De Arte, Sala Héctor Yánnover) – 30 minutos
Animal Teórico
Soy un caballo

Soy un caballo
cambiando de pelo
-pelechando;
es la marca de los días.
En el oído me dicen
que sólo voy a necesitar
un par de zapatos y un buen sombrero
para presentarme en el concurso
de belleza espiritual.

En un momento del día

“Hay un camino que recorrer para llegar a la piedad”.
Marcel Schwob
Solo fue cuestión de retener
Por un momento
El humo de las casas,
el olor de las frituras, los gritos
de unos chicos que corrían sin parar
detrás de cuatro galgos flacos.

Unas mujeres tendían ropa lavada
en el último hilo del alambrado:
el alambre de púas.
Miraban como miran quienes esperan
que ocurran los milagros.
Caminé a la par de la alameda
haciendo equilibrio en el borde
angosto del canal y seguí
hasta el final del sendero
donde un viejo huraño, pies
en el agua, seguía de reojo a una vieja
que se acercaba callada al caserío
con un atado de leña sobre los hombros.
La vieja india le hizo una mueca,
le sonrió al viejo chimango.
Y debió de haber sido
la única vez que la vieja sonreía
en lo que iba del día.

La lista de las compras

‘Mi amor, la alegría de oír abrazados,
en el amanecer todavía oscuro,
a los primeros teros
después del largo
y no muy amistoso invierno.’

No te imaginás, dice mi mujer,
la cara que puso el chico del mercado
cuando descubrió por azar
las palabras escritas al dorso
de la lista de las compras
que le alcancé sobre el exhibidor
de las carnes frescas del día;
y la mía, dice ella, mi cara de no saber
qué decir en medio de la ansiedad
de los clientes, cuando me devolvió
el papelito confesando sin pudor
que le gustaban los poemas de amor.

Qué iba yo a pensar, cuando el barullo
de los teros nos despertó en la mañana
y con el apuro fui a escribir a ciegas
en el primer papelito que encontré
sobre la mesa, que el entusiasmo
de ese acto mínimo y fugaz
por la retirada del invierno
iba a tener tan rápido como canta el gallo
el consuelo involuntario de un lector
enamorado.

Otros veinte años
a Milton Jones
Y bueno, ya entraste;
los botines con barro dejan la marca,
la visita deja la marca, el invierno
deja la marca; después barremos, pasamos
el trapo húmedo, lo pasamos.
No será la última vez
que dejes una marca en el piso.
¿Unos mates, un vino tinto?
Nada, mates no, vino tampoco.
¿Un té, galés, inglés, en hebras, en saquito,
lo que sea? Ni un té, nada entonces;
¡qué clase de galenso, galés, eh galés, ah
una manzana!
Bueno, una manzana es algo.
Una manzana es algo más, no hay duda.
La edad no perdona nada, nadie perdona,
no perdonamos.
Mejor comamos unos bifes
a la plancha, vuelta y vuelta, jugosos.
Ahora sí el vino. ¿No? No querés
hablar de más, querés estar sobrio,
ver lo que pasa, no dar vuelta
la cara, no dejar que crezca
el bigote en la cara, que no
se te pegue la tristeza en la cara,
no querés tapar con la gorra la mano
ni tapar con la mano la cara,
querés tener los ojos bien
abiertos, la boca
en guardia.

Pasaron veinte años.
Volvamos a tener veinte años,
nada más, volvamos, volvámonos.
Creo que estoy hablando mucho; si estoy
hablando mucho avisame,
tenés que avisarme
antes de que pasen otros veinte años.

Cartas

1 – Carta de Groucho Marx

Es sumamente grato saber
que una persona como usted
se ríe con nuestras películas,
ese alivio momentáneo para el espectador
que me hace sentir
un enfermero de celuloide.

Doy una pitada larga y respiro
la breve vanidad que me permiten
sus elogios;
y aunque no lo parezca
estamos juntos en esto,
porque mientras usted sostiene
que la existencia es un film
que siempre termina mal,
yo lucho grotescamente contra la nada
tratando de superar
algunas dudas malditas
que no me dan respiro.
Es que a fuerza de vivir sin resignar
la pizca de placer que significa
permanecer dentro de este esqueleto personal,
hay días en que no puedo superar el horror
de pensar que sólo soy una hormiga
frágil y ridícula
que entretiene a la multitud.

(Lástima que un film no dura una vida,
sólo unos pocos y rápidos gags)

Agradecidamente suyo,
Groucho Marx.

2 – Carta a Groucho Marx

Verá, hago esfuerzos
para que el bigote me crezca
lo suficiente
y los ojos reboten saltarines
en las órbitas,
intento pensar en mujeres bonitas
y caminar ágil y flexionado
sin que el habano
se me caiga de la boca,
pero es inútil, no me sale,
y es obvio
porque el ilusionista es usted
para quien lamentablemente un film
no dura toda la vida.

Respecto de su comentario final
permítame decirle, a manera de consuelo
pero sin ninguna clase de suspicacia,
que entre un hombre y una hormiga
me quedo con la hormiga,
especialmente si yo soy el hombre.

¿Un libro merece mejor suerte?

Atentamente, su admirador
Franz Kafka.

3- Carta a Franz Kafka

Amigo mío
(prefiero llamarlo así
para no inquietar su modestia,
pero no crea que mi ingratitud
se olvida de agradecer lo que, no sé,
involuntario o compasivo hizo por mí)
es hora de escribirle, y también
por qué no, a través de su persona,
llegar a los que tienen un ojo
atento baboseando el papel,
los queridos lectores,
o como quieran llamarse
o ser llamados
(pero no por mí);
un nombre, después de todo,
no es poca cosa, ni siquiera lo es
una letra, una sola,
y menos que eso es esto que soy,
uno más entre los muchos seres vivos sin mañana:

a todos quiero decirles
que se está bien en este cuerpo,
casi tanto mejor que en el otro.

Para qué voy a mentir en esta condición,
ni a usted ni a mí ayudaría.
Piense lo que quiera;
ser el que ahora soy
tiene sus ventajas.

La verdad es que ya no me dan ganas
de volver a ser el que fui.

Gregorio Samsa ya no es más mi nombre.

4 – Carta a Gregorio Samsa

Gregorio, haber cruzado
algunas cartas con Franz
me obliga moralmente a escribirle
aunque no me conozca.
Pero quede claro que él no me ha pedido
ni me pediría nunca
que haga las veces de intermediario.
Sé que lo aventajo en haber tenido la suerte
de asistir con desgarradora emoción y asombro
a su célebre metamorfosis.
Usted me dirá que sólo el lector puede gozar
con semejante acrobacia literaria
y nunca el propio personaje.
Franz hizo lo que debía hacer
tratándose de un hombre con su talento.
No haberlo hecho habría sido imperdonable.

Sabemos que no es difícil mimetizarse
con el personaje, más bien es lo corriente,
en particular cuando el personaje roza
la perfección, y pensando
en usted antes que en Franz
se me ocurre mencionar aquel famoso
“Madame Bovary soy yo”
que ahora repito a discreción.

La verdad es que no estoy acostumbrado
a estar de este lado, mi estado natural
es estar en un lugar como el suyo,
observado por muchos ojos
en la oscuridad de una sala,
y créame que entiendo su situación.

Ahora usted es otro y eso no se discute,
pero sigue estando en este mundo
y tiene derecho a él tanto como el que más.
¿Por qué dejar el lugar disponible a los otros?
Si le sirve de consuelo, yo no lo haría en su caso.

No sabe cuánto me gustaría que viera
alguna de nuestras comedias,
que son más caóticas y disparatadas
de lo que quisiéramos.
Muy a pesar del guión
improvisar y dejarnos llevar
por la intuición es lo que hacemos.
Apuesto a que se le escaparía una risa
en medio de la sala o miraría encantado
a las lindas actrices que comparten el reparto.
Me daría por cumplido si así fuera.

Tal vez piense que un tipo como yo
no tiene nada que ver con alguien
tan prudente como usted,
pero no es así; toda cara tiene su contracara,
sólo que yo la disimulo en mis muecas enamoradizas
y en las contorsiones graciosas de mi cuerpo.
Que reímos en medio de la nada, por nada,
y que eso vendría a ser todo, no escapa a mi certeza,
pero disimulo como si no lo supiera.
En ambos casos mi secreto es tratar de parecer
lo menos patético posible.

Si gusta, lo invito a compartir
una charla informal; tomaríamos algo
y caminaríamos a la sombra
de la arboleda que hay cerca de casa.
Cuando puedo hago ese recorrido
hasta el lago en el parque; me hace bien.
Ayer fui caminando con medio cuerpo al sol
-igual que cuando era chico y jugaba
sin importar que me estuvieran viendo-
y como nunca antes tuve la fuerte
sensación de que ninguno
de los dos lugares era único y definitivo.

Gregorio, burlemos la realidad
de la literatura y hagamos de cuenta
que no llegamos a las últimas páginas,
su voluntad aún no murió, y al menos
por el momento no hay quien lo llore
ni quien se ponga feliz por su triste final.
Debe creerme que pienso mucho en usted.

Con respeto y solidaridad,
Groucho Marx.

Juan Carlos Moisés
Sarmiento – Provincia del Chubut